La Chana Teatro nace en 1987 como una aventura inconsciente y decidida. Una aventura en manos del desconocimiento y de la imperfección. Mirando 37 años atrás, en este momento, pensamos que estos dos talentos nos han impulsado principalmente a la búsqueda y el estudio de los pilares del ritual; todo gira en torno a eso, a la Ceremonia.
Otra de las constantes, es que se construye con lo que se tiene a mano. Con los años, la sustancia poética nos ha animado a perseguir tesoros de los que no conocíamos nada, sólo su valor, y de los que no teníamos ninguna pista sobre su paradero. Y una y otra vez ha sido así. Desde La Virtuosa de Torresmenudas a Entre Diluvios y de ahí a Natalia. De ¡Gaudeamus! a La Osadía, de
Vulgarcito a Blancanieves, o de un Quinqui en Versalles a Balada para una Revolución. Un montón de países, un montón de paisajes, un montón de gente y un montón de aventuras. Llevamos casi cuatro décadas inventándonos dónde y de dónde podría surgir la sustancia poética. Y esa sustancia siempre es distinta y su ritual no tiene copia.
«Natalia se metió entre los brazos de su madre y lloró largamente allí con un llanto quedito.” Así comienza Talpa, el cuento de Juan Rulfo que en esta ocasión la Chana lleva a escena. Un cuento sobre el remordimiento, un cuento muy duro, donde cada frase es una herida. Un cuento que arrastra una
esperanza baldía. Un cuento doloroso pero magnífico. Unos títeres que no hablan, una bailarina que no baila, unos personajes sin identidad, unas figuras que nos representan a todos. No se asusten. Es muy bello Natalia es un viaje de ida y vuelta, y a pesar de que sucede a lo largo de la planicie polvorienta, a pesar de la línea pura y horizontal que contiene el árido desierto y los pies que por él se arrastran, lo que
experimentará será un viaje vertical: algo que cae y algo que se eleva, confundiendo la ingravidez de la idea con la gravedad de lo que acontece, dibujando por igual lo que se aleja de lo que se acerca, no sabiendo si la mueca es de éxtasis o de llanto amargo. Por eso, no espere tener la misma impresión que su compañero de butaca: él ha elegido el plano desde el que quiere peregrinar. Una única cosa es segura: tanto sus pies como los de todos en esta sala, han comenzado a llenarse de tierra. Es hora de empezar a caminar.
Fabio de la Flor

